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QUE HAYA CALMA


El martes pasado nuestro gran e imprescindible Norberto, que dirigió además el coloquio, lo dejó bien clarito: ésta iba a ser una sesión llena de calma. Y como siempre no le faltaba razón. Jon López nos presentó su cortometraje titulado, precisamente y no sin acierto, Calma, y a renglón seguido, sin interrupciones, la ópera prima y ya mítica película de Paulo Rocha, Los verdes años que, no por casualidad, finaliza con un plano casi cenital en el que el protagonista detiene (¿inconscientemente?) el tráfico en una de esas carreteras que circuvalaban la Lisboa de los años 60´.

Y a todo esto, a mí se me ha ocurrido (¡toma ya, un poemita!):


Que haya calma.

Que no cunda el pánico.

Que somos más y mejores.

Que ellos siempre serán menos y peores.

Que sólo son más cobardes.

Que sólo inventan fechorías para hacernos daño. Pero

que no saben que, además de muchos, somos indestructibles.

Que somos inaccesibles al desaliento.

Que nos colocan una zancadilla y saltamos por encima, y

que si tropezamos y caemos, nos levantamos y seguimos como si nada.

Que no hemos aprendido a guardar rencor a nadie.

Que la vida nos va como nos va y

que, cuando falta nos hace, nos defendemos con uñas y dientes. Pero

que nos lo pensamos,

que respiramos tres veces antes de soltar un improperio, antes de levantar una mano

que siempre tendremos tendida para ayudar, para buscar un amigo, y

que juntándose con otra, con otra, y con otra ya twndremos eso

que queremos ser: Humanidad. Y

que nos asalten esas prisas

que siempre consumen a los malos.

Que a nosotros nos va mejor despacito. Con mucha calma.

Los martes. Ocho menos cuarto. En el FAS.

A 24 imágenes por segundo.


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