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PARA QUÉ SIRVE HOY EN DÍA UN CINECLUB

Actualizado: 5 feb

Porque creo que, en contra de las opiniones más agoreras, la utilidad hoy en día de un cineclub es mayor de la que ha podido ser en cualquier otro momento de estos más de 100 años que el cine lleva entre nosotros. A simple “leída” puede parecer un poco descabellado este comentario, incluso producto de una mente alucinada por el más efectivo de los opiáceos. Pero trataré de defenderme. Como gato panza arriba, si es preciso.


Aunque confío en que no haga falta. Los gastos no me gustan. Al contrario, me asustan. No comparto su terco silencio. Claro, yo que hablo por los codos. Por eso espero que no necesite enseñar las uñas y, simplemente, pueda recurrir a mi anterior comentario en este blog, al que llamé Un milagro, y en el que disertaba sobre I vitelloni, de Fellini y escribía, entre otras cosas, aquello de “Ved o volved a ver La strada”.


Porque ésa es una de las más preci(o)sas utilidades de un cineclub, y por supuesto del FAS: conseguir que mientras vemos una película, al instante ya estemos pensando en ver o volver a ver otra. Porque, a diferencia de las salas comerciales al uso, el cineclub predispone a los espectadores que entran en él, y se van a enfrentar a la película que esa tarde se proyecta, a un cierto y sagrado ejercicio de “comerse el tarro”, por decirlo en plata.


Porque los espectadores, arrellanados en sus butacas, aparte de haber dejado atrás y para otro momento, las palomitas y demás chupitangas, han colocado, incluso inadvertidamente, sus mentes en modo “cineclub”, en el más saludable modo de… pensar. Pensar en lo que la película me aporta en este instante, desentrañar porqué ese plano o esa secuencia están diseñados de esa manera y no de otra diferente, en qué fragmentos de cine me vienen a la memoria ahora mientras veo éstos otros, por qué los relaciono, por qué el uno me pone la piel de gallina y un nudo en la garganta, y los otros me emocionan también sí, pero no tanto. Y de esta forma, hasta extraviarme en un larguísimo etc.


Por eso escribía al principio de esta entrada que la utilidad de un cineclub, y por supuesto del FAS es, hoy por hoy, más fundamental que nunca cuando pensar está más pasado de moda que las maracas de Machín . O si no, que alguien me “chive” otra actividad que nos ayude a eso, a pensar y con ello y, por si esto fuera poco, nos ayude también a disfrutar… Sí, no veo ningún dedo levantado… Así que, estando ya en familia, os diré que yo mismo después de I vitelloni, volví a ver La strada; y no contento con “E`arrivato Zampanó!” escuché, después, en youtube la Suite que Nino Rota compuso para la película. Toda una sobredosis de emoción en vena. Una gozada.


Así que, ¿todavía alguien se atrevería a sostener que un cineclub no vale para nada, que el FAS está apolillado? Porque para que nadie se quejara daría, todavía, un paso atrás. A chulo nadie nos va a ganar. Y admitiría “pulpo” como animal de compañía. Porque el cineclub estaría tan desgraciadamente apolillado como lo está ese darle “vueltas al tarro” durante estos tristes días en que, “gracias” a los mass media, a las redes sociales, tenemos tantísimos datos entre las manos que hasta se nos olvida pensarlos. Vaya, que sólo “sabemos” recitarlos como un interminable (y este sí, viejo) listín de teléfonos, desconociendo las relaciones que existen entre esos números y los “diálogos” que podemos establecer entre ellos y, sobre todo (the last but not the least), las metaenseñanzas (¡toma ya!) que podemos extraer de estas sinergias, parafraseando a nuestro buen amigo y gran cinéfilo Txus Retuerto (ánimos y un súper abrazo, por cierto).


Y si esto, en estos tiempos huecos como el tronco de un alcornoque, no es “valer-para-algo”, que baje Dios y nos lo diga a la cara mientras yo os deseo,


URTE BERRI ON!!!


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