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ENTRE LA MAMA Y LA PUTA, ENTRE EL COMPROMISO Y LA ANARQUÍA


La mamá y la puta, la película que Jean Eustache dirigió en 1973, y que nosotros vimos aquí en el FAS el pasado martes, da para hablar muchas cosas; quizás demasiadas (no en vano la duración actual de la cinta, impecablemente restaurada, supera los 200 minutos). Por ello me cortaré y me circunscribiré a aquello que más me ha llamado la atención de este último visionado.


Y es que la película de Eustache supone la defunción definitiva de una manera de hacer cine, de la nouvelle vague en concreto y su formar de plasmar y mostrar a las personas y personajes que llenan su celuloide. Y es también, y como suplemento necesario a todo ello, la defunción de esa alegría histérica que emanaba de las películas de Godard y de Truffaut (sobre todo aquellas en las que interviene su alter ego o Jean-Pierre Leaud, protagonista, y no casualmente, de la cinta de Eustache). Y, sobre todo, es el candado que cierra esa dulzura de vivir que alumbraría y agitaría el Mayo del 68 y que hizo pensar a muchos que a las cosas se les podría dar la vuelta. Y es por ello también la historia de un doloroso fracaso. El fracaso que nos dice que siempre tendremos que elegir entre la mamá y la puta, entre el compromiso y el desapego. Y que esta elección encierra trampa y nunca será satisfactoria. Porque las dos opciones, o mejor escrito, Marie y Veronique, nos enseñan sus traicioneras trampas que arrojan, en el plano con el que Eustache pone final a su película, y por eso mismo importantísimo plano, al disoluto y derrotado Frederick al suelo contra un pequeño armario ante la mirada triunfante de Veronique.


Porque para mí La mamá y la puta es, sobre todo, una película sobre eso, sobre el compromiso. O sobre la falta de compromiso, por la que clama Veronique en su memorable y largo discurso, que será la moneda corriente con la que abonamos nuestras deudas y caprichos a partir de entonces, y sin que a nadie parezca importarle lo más mínimo. Y es que el Mayo del 68, más allá de sus 31 días, terminó su tiempo dando la espalda al compromiso sobre el que había basado su nacimiento y caracteres, y abrazando una especie de anarquía donde todo valía y que, sin embargo, no nos llevaba a ninguna parte. Como el devenir de los años nos ha enseñado y nos enseña. La lectura ridícula, que realiza Fredrerick, de la crítica de la comprometida película de Germi La clase obrera… no deja lugar a las dudas. Mejor, piensa este hijo del 68, follar cuanto se pueda, con esa madre (Marie) que le cuida y arropa como a un hijo (es impagable la visita que hace a su boutique y su manera disimulada de espiar, como un chiquillo, a una clienta que, en esos momentos, está desvistiéndose en el probador), y esa puta-enfermera que se junta desesperadamente con todo aquello que se mueve y que, por fin, se ha enamorado de este insustancial hijo del 68, al que el compromiso le incordia como una piedrecita en el zapato.


Y si al final Fredrerick acaba comprometiéndose ante la insistencia de Veronique, pegando un portazo a las correrías (¡ese fugaz tránsito que los personaje de Band Apart realizan al “comprometido” museo del Louvre), a la diversión-sin-más (tantos fragmentos del Free Cinema) que compusieron su paso por ese Mágico Mes de Mayo, no pensemos con ello en ningún clásico Happy End sino, más bien, en un punto-y-seguido que por lo que experimentamos en nuestras propias carnes no es ni mucho menos Final…, ni mucho menos Feliz.


PDs,-

(1) Y otra impagable enseñanza: La mamá y la puta, entre algunos otros títulos, nos hizo creer a muchos que el realizar una película estaba al alcance de cualquiera, de aquel o de aquella que se lo propusiera con relativa terquedad. Y que, a partir de ahí, todo era posible.

(2) Y una más: que me encantan las buenas y largas películas. Aquéllas en las que se siente al tiempo trascurrir mientras los más perezosos y agotados espectadores van abandonando lentamente sus butacas. Yo lo siento por ellos. De verdad.

(3) Y ahora sí, la última: no nos olvidemos que, como dijo aquél, mucho antes que el compromiso está la honestidad.


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