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AQUELLOS CINES

Actualizado: 5 feb

Busco en mi memoria de dónde me ha podido venir la afición al cine y, al recordar mis primeras experiencias como espectadora, me doy cuenta que tienen mucho que ver con las formas de vida de entonces y con el entorno que me tocó vivir.

Los domingos iba al cine con mis padres. Como siempre fueron “muy austeros” íbamos a salas de parroquias o colegios religiosos. La primera que recuerdo es la de El Patronato, el colegio de La Salle que estaba en la calle Iturribide. Se entraba en un gran portalón y se recorrían escaleras y pasillos hasta llegar a la sala, de la que no recuerdo nada.

Más tarde fue la sala de la Quinta Parroquia. Se entraba por atrás, por la calle Iturriza. Creo que es a la que más fui. A veces se cambiaba por la del colegio Santiago Apóstol que era más moderna y confortable.



Recuerdo ir con mi madre a buscar a mi padre que estaba jugando la partida en un bar que entonces regentaba Jesús Loroño (el ciclista) y su mujer Begoña y que ahora es un restaurante donde sirven cebiche; tomábamos un café rápido y salíamos ligeros hacia el cine.

¿Qué veíamos? No recuerdo películas concretas pero eran “del oeste”, “de gánster”, “de guerra”, “cómicas”… no veíamos ni wéstern, ni cine negro, ni cine bélico, no sabíamos de esas cosas. Creo que allí he visto grandes clásicos, películas ya viejas, supongo que de 20 o más años antes. En algunas de esas sesiones, además del NODO que era obligatorio y que estaba pasado de fecha (lo cual para ser un noticiario tiene su gracia) había “cómicas”, cortos del cine mudo.

Eso era los domingos pero, durante la semana, estaban los cines de barrio o de reestreno. Llegaban las películas tres o cuatro meses después de que se estrenaran en Bilbao, así que para qué ir al Ensanche y pagar más dinero. Además sabíamos cual era el recorrido de salas que hacían.

Los jueves salíamos antes del colegio, que las Hijas de la Cruz (la Ronda, donde yo iba) trabajaban con nosotras como 45 horas a la semana y no se cansaban; tampoco nosotras, así que no nos daban toda la tarde del jueves libre cuando andábamos por el bachiller.



A lo que iba. Esos días mi madre me recogía en el colegio y nos íbamos al cine con la merienda. Era el momento de las sesiones continuas y a veces dobles. Empezaba la sesión y seguía repitiendo la película o las dos películas. La primera sala que frecuentamos fue el Gayarre, que quedaba cerca. Mi madre sacaba entrada de “delantera”. La delantera estaba en el piso alto y era la primera fila al borde del balcón que daba al patio de butacas; recuerdo un banco corrido de madera brillante. Detrás estaba la “general” que eran escalones, gradas, de madera también. Recuerdo más el bocadillo que mi madre llevaba de merienda que las películas.

Solíamos entrar a media película, la veíamos terminar y nos quedábamos para ver el comienzo, a veces la veíamos otra vez entera. Aquellas sesiones tenían su riesgo, era muy frecuente que la película se cortara. O sea que se interrumpía por avería. A veces los cortes eran recurrentes. En eso, mi madre recordaba que viendo Viva Zapata se cortaba una y otra vez; al arrancar se veía a Marlon Brando que, a la pregunta de “cómo te llamas” decía “Emiliano Zapata” y se volvía a cortar. Tuvimos que desistir.

Vinieron luego los cines nuevos de los barrios. Creo que cambiamos de sala habitual porque el Gayarre estaba ya muy viejo y había demasiados cortes, además teníamos alternativas. En esos cines de barrio era habitual la sesión doble. Recuerdo el Artagan y el Santuchu. El primero me gustaba mucho; era una sala amplia, bien iluminada y que, en el borde del escenario, delante de la pantalla, había una hilera de flores de plástico. En aquellos años las flores de plástico eran un lujo. Allí, algunos días había lo que se llamabas “varietés”. Eran actuaciones de gente aficionada que contaban con el acompañamiento al piano de la profesora Iturburu, que simultaneaba esa actividad con las clases en el Conservatorio. Una figura que se merecería una tesis doctoral.

Más tarde vinieron las salas de la calle San Francisco. Supongo que el cambio de domicilio familiar y de colegio tuvo que ver en las salas frecuentadas en los días laborables. Estaba el Cine Colón, en la plaza del puente Cantalojas. Era una sala grande y tenía un gran cartel anunciando la película que se veía muy bien. El que hubiera ese cartel pintado la asemejaba a las salas de estreno como el Buenos Aires o el gran Capitol.



Más abajo estaba la sala Liceo, del Colegio del Corazón de María. También aquí doble actividad, educación y exhibición de cine. Era una sala más humilde. Y en medio de las dos el Teatro Vizcaya. A ese no fui nunca porque decían que estaba muy viejo y sucio, pero recuerdo ver la sala al pasar porque tenía varias puertas que daban a la calle y las abrían antes de las horas de sesión para airear o limpiar, supongo. De esa sala también recuerdo lo que contaba una casi-abuela mía, que allí se proyectaba cine mudo con un “espiquer” (así creo que les llamaban) que iba comentando la película y que había actuaciones, entre ellas los cuplés de Emilia Bracamonte que luego fue una locutora y actriz de radio muy popular.



Cuando me hice mayor, con 16-17 años empecé a ir con amigas a las salas de estreno. Recuerdo el triangulo Trueba, Buenos Aires, Capitol, y el gran acontecimiento que fue la apertura de esta sala que maravillaba con su escalera sin apoyos. Cuando visité el hotel Habana Libre comprobé que allí también hay una escalera de ese tipo, incluso más grande. Un asombro de construcción para la época.

Con todo esto, es evidente que una parte importante de mis primeros años estuvo alrededor de las salas del cine; no había mucho más entretenimiento que el cine y la radio. Estaban también las novenas y los rosarios, pero yo tuve la suerte de caer en una familia que no practicaba esas costumbres. Tengo que agradecer a mi madre, entre otras cosas más intimas, las tardes de cine y los helados que comprábamos, incluso en invierno, en una heladería de Bilbao La Vieja.

Y es que el cine, además, se compartía. No para intercambiar opinión sobre la película, sino para contarla. Estando en el colegio del Casco Viejo, dos o tres amigas nos contábamos las películas que habíamos visto, en el recreo o a la salida. En el colegio de Indautxu, ya algo mayores, tuve una compañera que era una artista contando las películas de Marisol y de Rocío Durcal, con canciones incluidas.

Pero las películas contadas que con más cariño recuerdo son las de Aventina, que venía los lunes a mi casa a hacer la colada. Ella vivía en Basauri y los domingos veía las películas de El Social. Yo salía del colegio e iba corriendo a casa para comer y que me contara la película que había visto el día anterior, mientras aclaraba la ropa. De esas películas recuerdo solo El Cebo, quizá porque el tema me impresionó. La película la vi muchos años después.

Y de todo esto al FAS, allá por el 75 y aquí seguimos. Es que el cine es maravilloso, permite ver de cerca distintas vidas, trasladarnos en el espacio y en el tiempo, aprender cosas y conocer gente estupenda.

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