Los esplendorosos 75 años de Rebeca de Manderley o cuando Alfred Hitchcock se hizo mayor

A Jose Mª Latorre


Anoche volví a ver Rebeca.  Y como todas las obras de arte, ¿o alguien se atrevería a llevarme la contraria y a defender que Rebeca no lo es?, volvió a sumergirme en un mar de interminables sugerencias, de no estar, ni en  las peores circunstancias, perdiendo el tiempo  sino, al contrario, prolongando  cada segundo como una goma que pudiera  estirarse hasta el infinito, con nuevas ideas  que sacuden lo que  “pensaba-que-sabía” y me hacen dudar con esas dudas mágicas  que te  enriquecen, hasta que después de su último plano1, y  nunca antes, me sueltan y tengo, entonces, la feliz sensación de haber asistido  a un espectáculo irrepetible.


Porque creo firmemente que estas cosas tienen las obras  maestras.  Se las puede presentir, notar cuando se aproximan y van a dejarte su   inconfundible sello pero será después de los clásicos The End, o Fine o Fin cuando se alejan con la cabeza  erguida, casi arrogantes ma non troppo cuando comprendes que has sido tocado por su mágica varita y que ya no  podrás  nunca ser el mismo que eras antes de haber compartido esa tarde  con ellas. Y acaso,  en ese momento, rematada la misión se despidan con  una sonrisa cómplice, con un  guiño de ojos, con un “hasta la próxima”, o  simplemente con un seco e inolvidable  acorde en su banda sonora.


Y sobre estas  cosas voy a hablar un rato. Me pondré  cómodo y simularé, para ello, que me siento  en el porche de una  agradable casita de madera, por ejemplo, a la sombra de una  cálida  noche de verano, y que enciendo (aunque no me las haya fumado en la   vida) una pipa cargada con el más excelente de los tabacos habaneros, de  esas  que sólo pueden disfrutarse muy lentamente ya que yo, para estas  cosas, también  voy a necesitar mi tiempo para no olvidarme de ninguna,  para escuchar atento  todo aquello que tienen que decirme. Que no es  poco. Por eso me arrellano en la  mecedora y dejo vagar la mirada hasta  el tranquilo horizonte que se confunde  entre sombras con los campos.  Silenciosos. Y aspiro una profunda calada que me  ayuda a recordar, a mí  también, que  anoche soñé que volvía a Manderley…


Porque, ¿qué es Manderley, aparte del recuerdo de una  imponente  mansión, de ese montón de piedras ahora calcinadas y derruidas que   nuestros ojos apenas sí aciertan a ver entre la niebla? ¿Por qué, en  esos  primeros planos de Rebeca, las verjas  de Manderley se  abren y nos descubren, sin que aparentemente nadie salvo la  memoria las  haya abierto, un paraje tan inhóspito? ¿Por qué el aire que fluye,  que  sube desde las raíces de la tierra casi puede tocarse? ¿Y por qué, ya   puestos a preguntar, la onírica voz que nos introduce en la historia nos  suena  tan seca y melancólica y temerosa, como si ese recuerdo al que  el sueño empuja  a la protagonista le cerrara los labios y, al mismo  tiempo, le diera permiso  para hablar, para seguir contándonos, como si a  la propia recurrencia del sueño  hubiera terminado por acostumbrarse  haciendo de él un inquietante, sí, pero también  asiduo compañero de  viaje, un maligno quiste que no crece, que no mata pero que  siempre  está-ahí con ella, con nosotros, inextirpable?


Claro, Manderley es el Mal; el Mal que se nos filtra entre  nuestras más recónditas arterias y formas de ser. Rebeca es, así, desde sus planos iniciales como un cuento que se  recitara en voz baja, el relato de cómo todos los manderleys se mezclan con nuestra sangre gracias a las sabios y aviesos  conjuros  de todas las Rebecas que en el mundo han sido (¡fascinantes princesas   del Mal!), dejando en nuestras venas el hálito venenoso del que ya no  podremos  prescindir si no queremos con ello desgajarnos de un órgano  vital de nuestra  más íntima condición de seres humanos. Una vez que  probado un bocado de Manderley  su regusto nos acompaña para siempre.  Para siempre nos completa.


Y para contarnos este fantástico proceso Rebeca, la película,  elegirá a una  persona cualquiera. ¡De ella ni siquiera llegaremos a  saber su nombre! Será ingenua  pero, sobre todo, resulta atractiva. No  en vano la ingenuidad y la belleza  siempre han sido los mejores cebos  para hacer que el Mal salga de su guarida,  olfatee la carne y se  presente ante nosotros. ¿O alguna de las novias que  Drácula se echa a  los dientes tiene algún desperdicio? La Hammer nos dice que  no. Y Joan  Fontaine tampoco será un anzuelo desdeñable. Su simplicidad resulta casi   una provocación. Apetece zarandearla. Espabilar sus sentidos. Que abra  los  ojos. Que se baje de las nubes. Que se entere, por fin, de qué va  este viaje en  el que todos estamos embarcados. Y quisiéramos corromper  tanta simplicidad. Semejante  candidez se nos antoja fuera de sitio.  Todo ello nos impide dejarla pasar de  largo. E irse de rositas. Y si  no, ¿por qué el rígido señor de Winter iba a  fijarse en ella? ¿Cómo iba  a proponerle en matrimonio cuando apenas si se han  conocido hace un  par de días? ¿Por qué iba a querer hacer de ella una segunda  Rebeca de  Winter, una segunda ama y señora de Manderley cuando el cadáver de la   primera aún rezuma y huele?

Claro que entonces la proposición de Maximiliam de  Winter no es,  en absoluto, inocente. Por supuesto que no. ¿Cómo iba a serlo  viniendo  de quien viene, de los labios del… señor de Manderley? Rebeca,  su primera compañera, ha muerto. Le ha dejado  solo. Aunque antes ya se  le hubiera escapado. Se había vuelto tan poderosa como  él. Como el señor.  O más aún. El Mal  tiene estas caprichosas maneras de hacerse sentir.  Demuestra, directamente, sus  preferencias. Y en este caso eligió a  Rebeca. Sin duda que es un bocado más  sabroso que el cuarteado y gélido señor  de Winter (y perdón por el chiste  fácil). Y así detrás del Mal correrá la  película, también encantada, transpirando  la no-presencia de Rebeca por  los cuatro costados, por cada uno de sus  fotogramas. Y el propio  Maximiliam se plegará a sus embrujos. Pasa, por resumirlo  en una frase  hecha, de amo a rehén.

Y en estas circunstancias, ¿no nos parece ahora lógico  que el  señor de Manderley se rebele con su última gota de soberbia decimonónica   y trate de recolocar las piezas en su debido lugar? Rebeca, la  compañera que  todo señor del Mal desea tener a su lado, ha quebrantado  demasiadas reglas. Y  la principal de todas ellas. Ha ido demasiado  lejos. Ha olvidado la sumisión  debida al señor del castillo. Y cuando,  con la rabia asomándole bajo la boca, le  confiesa que le aborrece, que  está embarazada de otro hombre, un vulgar y  advenedizo joven o George  Sanders, para más señas, el señor de Manderley estalla  y, con la furia  del amo que se siente ultrajado en sus más íntimas entrañas, acaba  con  la vida de la desagradecida Rebeca de Winter aunque él, por supuesto   (nobleza obliga), no lo reconocerá jamás.


Así las piezas encajan mejor. Por lo menos a mí. ¿O no se  ha paseado el señor de Winter por la  Riviera francesa en busca de una  nueva compañera, una sustituta de la aquella  primera e infiel Rebeca? Y  Joan Fontaine se nos antoja perfecta. Ya hemos  hablado de estas cosas.  Una impresionable  criatura apenas estrenada en los avatares de la  vida; una ingenua que confunde al  oscuro señor de Winter por un  melancólico y frágil Lord Byron arrebatado por  pensamientos sin duda  demasiado profundos para que un vulgar espíritu pueda  osar en  comprenderlos. Y Joan Fontaine se enamora del señor de Winter. Faltaría   más. Joan Fontaine se enamora de aquello que nadie puede evitar querer:  la  persona que uno, en este caso una, se inventa; el hombre al que su  propia fantasía  ha modelado según sus perfectos cánones2.


Aunque Maximiliam de Winter también juega con ello. Él  sabe bien lo  que podría ocurrir, y ha ocurrido. Y aprovecha la circunstancia.  La  mosquita muerta se ha enredado en la tela de araña que él ha urdido. Y  ha  caído. Y la araña, o sea, Maximiliam, ahora sólo tiene que tenderle  el brazo,  ayudarla a levantarse con la más increíble de las promesas.  De hecho, aunque  ella obviamente no lo sepa aún, ya ha tomado, de su  brazo, el camino del castillo. De los Cárpatos a Londres. O  de  la Riviera a Manderley. Que en realidad aún resulta más irresistible  que el grisáceo  Londres. Porque si Londres se encuentra en Inglaterra,  Manderley no se  encuentra en ningún sitio. O, a lo sumo, en los sueños.  Que siempre serán  invulnerables. Y por eso, más peligrosos que  cualquier capital de Europa o que  cualquier otra ciudad.


Así que, de momento, las piezas cuadran. El señor de Manderley  ya  tiene nueva compañera. Y Manderley, nueva señora. Cierto es que la  señora  Danvers, el ama de llaves de Manderley, no admite que una  segunda señora venga  a ocupar el lugar que dejó Rebeca, la primera.  Sobre todo cuando Joan Fontaine,  a pesar de su belleza, no resiste con  ella la mínima comparación. Su simplicidad  representará para la señora  Danvers el mismo insulto que nos suponía a nosotros  cuando la vimos por  primera vez acompañando a su vieja y vulgar tía por los  hoteles de la  Riviera. Y sobre todo, ¿con qué derecho semejante realidad se impone  a  los recuerdos?, ¿o las copias a los ideales? Y por si esto no fuera   suficiente Joan Fontaine entabla la pelea en terreno hostil. Introduce  su ingenuidad  en un terreno de calientes panteras. Porque la señora  Danvers amaba a Rebeca. ¿O  alguien lo pone en duda? La turbia señora  Danvers amaba a la resplandeciente  Rebeca. Con el amor más desgarrador  de todos. Ellas que son animales en celo.  El amor no tanto o también  hacia una persona, hacia un cuerpo y un alma, sino  el amor hacia los  detalles, hacia las cosas del ser amado: el fetiche, el hechizo por sus objetos, el conjuro más dramático  y absoluto.


Y Joan Fontaine se siente rechazada. Impelida hacia la  puerta.  ¿Cómo podía ser de otro modo? Aunque ella, con esa ingenuidad aún no   quebrada, no acierta a entender la nueva situación. Las ambiguas  relaciones  entre la señora Danvers y Rebeca de Winter forman parte de  un espacio que ella aún  no está en condiciones de pisar. Pero, ¿cómo la   compañera del señor de Manderley no iba a  despertar el interés de una  vulgar ama de llaves? La señora Danvers estaba muy unida a Rebeca, creo recordar que le  dice Lawrence Olivier a Joan Fontaine (tratémosles de tú a tú, no seamos rebecas). Y el señor de Winter respira tranquilo…


… hasta la sorpresa que le reserva el giro final de la película   atizándole un guantazo en su severo rostro de gran señor, cuando el  cadáver de la  auténtica Rebeca surja de las profundidades del lago, de  lo más hondo de la  trama, y el señor de Manderley se sienta, por  primera vez en su vida  (seguramente), atrapado. Será, entonces, el  momento de revolver de nuevo las  piezas. De alterar su disposición. De  reparar, por ejemplo, en su segunda  señora de Manderley. De solicitar  sibilinamente, ¿podría ser de otra manera?,  su ayuda. Y ella, por  supuesto, encantada. Que por algo el señor fue a buscarla  hasta las  costas francesas.


¿O, acaso, el señor de Manderley no se sirve del amor  que sabe que  despierta en Joan Fontaine para hacer de ello la coartada preci(o)sa   que le liberará de cualquier implicación que pudiera hacerle parecer  culpable  de la muerte de Rebeca? ¿Quién o qué podría inducirnos a  pensar lo contrario? El  señor de Winter (¿hay alguna razón para que  nosotros, espectadores, le  creamos?) le ha contado a Joan Fontaine que  Rebeca le confesó estar enamorada  de otro hombre y, reprochándole su  pusilánime carácter, le había asegurado  sonriendo que esperaba un hijo  de ese hombre. Y supurando todo su odio se habría  abalanzando sobre él.  Pero tropezó y se golpeó contra las maderas del suelo.  Una caída  fortuita y una muerte instantánea. El señor de Winter, asustado, ante   las conclusiones que pudiera extraer la Policía y que, sin duda, le   incriminarían decidió esconder el cuerpo de Rebeca en el fondo de un  velero de  su propiedad que, posteriormente, habría hundido agujereando  el casco del  balandro. Días después un cuerpo (el azar, siempre  dispuesto a confundirnos),  en avanzado estado de descomposición, había  emergido flotando sobre las aguas.  Y el señor de Winter habría  identificado en él el cadáver de su infortunada  esposa. Y Rebeca,  enterrada. Y el caso, cerrado. Y Joan Fontaine suspira  aliviada y cree  en sus lágrimas, ¡claro que sí!, abducida por la desesperación,  por la  fragilidad que de repente enseña su desamparado señor o quizás, ¿porque   no creer en sus palabras supondría una amenaza para ese nuevo status  que ha  adquirido como segunda señora de Winter? La ausencia de  respuestas, la  indefinición a la que se acoge en estos momentos la  película, hará que Rebeca sea también un trozo de Manderley,  del puro Mal-igno.


Porque la segunda de Winter lo ha escuchado todo. Y  piensa en  silencio mientras su marido habla y cuenta y se descompone a medida  que  la confesión sale de su garganta. Sí, Joan Fontaine piensa por  primera vez en su vida. También en ella Manderley  estaría dejando su  huella borrando cualquier atisbo de ingenuidad. O, ¿no nos  resulta  sorprendente cómo desde ese instante la segunda señora de Manderley pasa   a la acción? ¿Cómo la compañera defiende a su esposo y señor porque  seguramente  intuye que sin él lo pierde todo? En Manderley lo que  primero importa es el yo.  Los demás-que-no-son-yo están detrás ocupando  siempre un puesto indudablemente  secundario. Y será en esta acción  donde la nueva Joan Fontaine se erige en  protagonista. El personaje  crece. El veneno que destila el Mal-igno, Manderley,  Rebeca, ha  penetrado y aromado hasta la última célula de su sangre. La  niña-mujer  (¡y que nadie me hable de Julio Iglesias, por favor!), la hacendosa  polilla  que acompañaba a la tía solterona en la Riviera francesa, ha  despertado convertida  en una espléndida y ¡calculadora! mariposa. Es la  segunda pero ya es también la  auténtica señora de Manderley. Y, en su  defensa del amor (y devoción) que  siente por el señor de Manderley, no  estará dispuesta a dejarse engañar. Y,  ahora que lo sabe todo, aprende a  callar. Y desde ese instante estará atrapada.  Pero no importa. El  señor de Manderley también lo está. Por ella y con ella. En  Manderley.  Incluso aquel ingrato e insuficiente papel de compañera o concubina   habrá quedado atrás. Es una igual a su señor. Y así se comporta cuando  el  último hallazgo (el último apretón de manos que nos ofrece el azar) coloque a todas  las circunstancias y a la película entera en su contra.


                                           Rebeca


El velero de Max reaparece casualmente (again!) varado e  incrustado en las ciénagas  del lago, y en su interior el cuerpo de una  mujer. Las preguntas surgen por sí  solas. (El azar siempre juega con  buenas cartas). ¿Quién es entonces la persona  enterrada en la tumba de  Rebeca? ¿Y por qué Maximiliam de Winter certificó que  se trataba de  Rebeca? Pero Max tiene, ahora, un nuevo y valioso hombro sobre el  que  apoyarse. La nueva señora de Manderley no va a dejarle solo. Max es  marido;  el amo y señor de Manderley. Y ella, la señora. Y esa ayuda  impedirá que Max se  derrumbe y reconozca otra versión de los hechos que  pudieran hacerle aparecer  como culpable.


Pero en ese impasse exasperado, y en una postrera y  maliciosa devolución de favores, Hitchcock deja  que el azar se adelante  y suba a la palestra, acudiendo en auxilio de su nueva  heroína. El  sabio director sabe que ninguna trama puede sostenerse sin él, que  el  azar no puede faltar en ninguna fiesta digna en llamarse “ficción”.  Porque el  azar siempre nos cogerá desprevenidos. Hará que saltemos en  las butacas. Porque  Rebeca no estaba embarazada sino que sus visitas al  médico obedecían a que  padecía un cáncer mortal desde hacía varios  meses. Luego el veredicto no  presenta dudas. Ella misma subió al  velero. Y lo  hundió. Y el señor y la señora de Manderley  respiran  aliviados.


Luego, ¿podríamos concluir que el azar se posiciona del  lado de los  “malos”? Y no, no es eso. Lo que ocurre es que para el azar no  existen  ni malos ni buenos. El azar nos dice que todo depende. Que esa  manía nuestra por separar y distinguir a lo  bueno de lo malo es sólo  eso: una patética terquedad. Porque el azaroso y  cancerígeno tumor de  Rebeca ha cerrado el caso. Por segunda vez. ¿La definitiva?  ¿Quién  podría asegurarlo? Depende… Aunque el señor y la segunda señora  de Manderley hayan sido salvados por esa  campana que no es sino la  forma en que al azar le gusta llegar hasta nuestros  oídos.  ¡Talan-talan!. ¿Las oímos bien? Porque esas no son campanadas de boda.   Ni de “comieron perdices”. Rebeca nada nos propone para que  desviemos la mirada hacia otra dirección y nos  traguemos los pajaritos  sin rechistar, ni para que creamos que el Happy End es, realmente, tan happy como pretende ser aparentemente, y no the last y el más genial escalofrío con que Hitchcock nos arropa.  Puñetero y  mal-icioso también él. Y el Mal-igno se quedará, así, con nosotros,  adoptando  las trazas de esas mismas mantas que nos cubren y nos  calientan, por ejemplo,  durante esas noches que soñamos que volvemos a  Manderley. No pretendamos  separarle del Bien y arrojarle de la cama,  porque estad seguros que volverá a  subirse a ella mientras dormimos  plácidamente.


Y la nueva señora de Manderley ya nunca estará preocupada  por  la salud de su querida y achacosa tía. Las señoras de Manderley no se  ocupan  de esas cosas. Se ocupan, en su lugar, de que personas como ella  (como la tía)  o como nosotros nos vayamos pre-ocupando.   Ahora la segunda señora de Manderley ya ha arrojado tierra sobre la  primera. Y  será por eso más poderosa. Ha sellado con el señor de  Manderley una unión que  en este mundo nadie se atreverá a destrenzar.  El Mal-igno, Manderley garantiza esa  alianza.

¿Y todo ha terminado? Claro, depende…. Porque la segunda señora de Manderley sueña. Sueña que, anoche volví a Manderley.  Del Mal-igno  uno no se desprende como de una vulgar camiseta. El  Mal-igno se cobra su precio  con este tipo de cosas. No nos salvamos  haciéndonos malos, (¿y mayores?) sin abonar algo a cambio, sin   abandonar a las muñecas y a los “geypermanes”. Manderley y la segunda  señora de  Manderley tampoco podrán separarse nunca. Será este sueño de  Manderley, me temo,  un sueño muy recurrente. La  segunda señora lo volverá a soñar. Y tantas veces  como Manderley se  anime a visitarla. Porque Manderley, desde sus nebulosas ruinas,  desde  su invisibilidad onírica siempre sabrá cómo hacernos llegar su mal-sano   aliento. Es el trato. La contrapartida por habernos ayudado a hacernos  mayores.  Y tomémonos un segundo de silencio. La gratificante e  imaginaria pipa ya se ha  consumido. Y apenas si añadiré un par de  detalles sobre estas cosas que nos vienen ocupando.
 …

Porque Alfred Hitchcock nos habría contado todo esto  con la primera película que rodaría en los Estados Unidos. O en Manderley3.  Y con ella también él se habría hecho mayor. Como el personaje no name de Joan Fontaine. Y este hecho marca  las diferencias de tono y de  valor entre el cine que Hitchcock realizara anteriormente  en Inglaterra  y el cine que, desde Manderley, dirigirá en Hollywood. Sobre sus  colinas  Hitchcock entrará en contacto con  eso-que-entre-nosotros-no-va-tan-bien, con  Manderley, con el Mal-igno. Y  lo acoge entre sus brazos. Y ya no lo suelta. Y como  Manderley agita  los sueños de la segunda señora de Winter, también agitará las ficciones   de Sir Alfred durante el resto de su carrera cinematográfica, y  americana.


O, quizás lo hiciera hasta 1972. Hasta Frenesí.  Porque pienso que su posterior y última película, La trama,  no representa sino una vuelta a los más ligeros (pero,  ¡atentos!,  nunca despreciables) modos que Alfred Hitchcock practicara en suelo   británico. Pienso en que fue como si el viejo Sir intuyendo que sus días   estaban agotándose hubiera querido cerrar el círculo y des-cruzar el  charco,  regresar al lugar de donde una vez vino, joven y libre4.   Porque si en Inglaterra Alfred Hitchcock demostró ser uno de los  directores de  cine más hábiles e inteligentes, todo un maestro de la  técnica y del suspense;  en Hollywood añade a estos logros el  descubrimiento de Manderley, aquello que nos  obliga a mirar siempre más  allá de la sorpresa, del puro entretenimiento y del suspense,  a  reservar un hueco a la, no siempre grata pero sí indispensable  reflexión.  Porque Manderley, el Mal-igno completará todas sus ficciones  a partir de Rebeca. Aunque esté reducido a cenizas, o  tal vez  por eso mismo, ya que ni un vulgar incendio ni un insignificante y  devoto  sicario del Mal-igno, o la señora Danvers, podrán acabar nunca  con él. Por eso Manderley  se filtrará siempre en nuestros sueños  impregnando el mismísimo aire que recorre  nuestros pulmones. Que  alienta para que él, Sir Alfred, no sólo aterrice en  América sino para  que se haga mayor, y  pueda completar uno de los estudios más  penetrantes que sobre el ser humano  artista alguno haya elaborado  jamás, a partir de nuestras holísticas maneras de  ser-humanos, de vivir  o de soñar, simultáneamente, con nuestros particulares  fantasmas, con  todos esos manderleys que siempre nos acecharán y alimentarán desde lo más profundo e ignoto de nuestras almas.


©Toni  Garzón Abad


lavueltaylatuerca.blogspot.com


1 Al que, por cierto, el espabilado Welles  no duda en tributar  reconocimiento o en “fusilar” directamente su último plano  para su,  también, último plano de su, también, aclamada opera prima o Ciudadano Kane (si  se nos permite decir que Rebeca fue para Hitchcock su ópera prima estadounidense). Las  llamas que se  apoderan del dormitorio de Rebeca, de la almohada de su cama  donde  vemos delicadamente bordada la recurrente e inconfundible “R” no pueden   sino recordarnos el “Rosebud” tallado sobre el trineo que, igualmente,  se  consume en el fuego de la chimenea de la abandonada mansión de  Charles Foster  Kane; apenas a la vuelta de la esquina, o un año después  de que Hitchcock diera  la voz de “corten” sobre el incendio que  destruía Manderley.


2 Casi treinta años después el propio Hitchcok haría otra  película profundizando sobre este tema. Se llamará Vértigo.


3 El siempre turbio y espabilado Lars von  Trier habría tomado muy buena nota de estas enseñanzas. Con su Manderlay no me deja lugar a la duda. No  debemos equivocarnos por un inocuo cambio de vocales.


4 Y ahora que lo escribo no puedo dejar de  acordarme del John Wayne de El hombre  tranquilo,  de John Ford. También en ella Sean Thronton regresa a su hogar,  en  Irlanda, después de haber pasado muchos años en los Estados Unidos.

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