UNA SEGUNDA MADRE

UNA SEGUNDA MADRE

Sesión en colaboración con «Economistas sin Fronteras» y el «Colegio Vasco de Economistas»

Debate: Emilia Laura Arias, periodista de Pikara Magazine

Me acerco sin poseer referencias a una película brasileña. Tampoco he visto nada de su directora, Anna Muylaert, ni creo haber visto nunca a sus intérpretes. La presencia de esta cinematografía en los cines españoles es prácticamente inexistente y tampoco me ha dejado excesiva huella lo que he visto de ella en los festivales. Excepto las notables Ciudad de Dios, Estación central de Brasil y Tropa de élite no recuerdo más títulos en los últimos años que me hayan atraído. Y durante relativo tiempo existió una moda poderosa con el nacimiento del abrasivo novo cine brasileiro. Me lo tragué todo cuando era adolescente. Y a ratos me aburrí moderadamente, aunque coloqué en un altar Dios y el diablo en la tierra del sol. No he vuelto a verla. Por si acaso. Los cangaceiros y sus matadores solo forman parte de mis recuerdos brumosos.

Alguien etiquetaría Una segunda madre como exponente del cine social. Un género tan digno como otros, pero amenazado por el riesgo del esquematismo, las consignas, el panfleto, el tono dogmático, la claridad machacona sobre la identidad de los buenos y de los villanos, la ausencia de matices, el protagonismo exclusivo del mensaje, las buenas intenciones. El cine social que pretende hablar de la casi siempre ingrata realidad (y el cine en general, a secas) precisa de talento narrativo o documental, complejidad, sutileza, fuerza emocional, veracidad, esas cositas que alimentan el arte.
Una segunda madre habla con inteligencia y sensibilidad de algo que no ha perdido vigencia desde el comienzo de la humanidad llamado lucha de clases, por mucho que los que controlan el tinglado aseguren que es algo que pertenece al pasado, superado mediante el progreso, la civilización un mundo más justo y falacias similares.

La protagoniza una modélica criada (me sonaría a eufemismo calificarla de asistenta o empleada de hogar) que lleva montones de años sirviendo ejemplarmente a una familia adinerada, educada, con amor al arte, nada feudal, convenientemente moderna, nada que ver con la carcundia. Y parecen adorarla, la consideran como un miembro más de la familia. Ha visto crecer al hijo del matrimonio, el amor entre ellos es mutuo, ejerce de abuela, de confidente, de amiga. También de criada.

En este ambiente presuntamente idílico, con la señora de la casa ejerciendo de sacerdotisa de las tendencias y su marido, un millonario ocioso y amable que distrae su anodina existencia pintando, va a aparecer una tormenta de efectos devastadores. La estajanovista y entrañable criada, que no ve a su hija desde hace diez años, pero que dedica su sueldo a que esa niña disponga de lo que necesite (qué jodido debe ser cuidar día a día, año tras año, a alguien que tiene la misma edad que tu cría, de la que te tuviste que separar para que ella pudiera comer) recibirá la visita del ser que más ama, una joven demasiado natural que no entiende el servilismo, empeñada en superar la selectividad para estudiar arquitectura, sin consciencia de las relaciones de poder, incapaz de asumir su rol de hija de la criada, de dormir en un colchón en el suelo compartiendo la sombría y diminuta habitación de sus madre en una casa en la que sobran dormitorios vacíos, tan desvergonzada como para sentarse a desayunar en la mesa de la cocina con los dueños de la casa.

Anna Muylaert mantiene un control admirable para que la historia no se le escape de las manos, no juzga a sus personajes, prefiere la sugerencia a lo explícito, combina las luces y las sombras, sabe que los pequeños gestos, las miradas, las dudas, los detalles pueden ser mucho más reveladores y corrosivos que los discursos. Desarrollada casi todo el tiempo en una casa, es una película que no me permite desentenderme en ningún momento de lo que estoy viendo y escuchando, sin que nada me resulte previsible ni tópico, con una curiosidad grande por saber cómo va a acabar la historia.
Me informan de que la protagonista, Regina Casé, es una de las actrices más reconocidas y famosas de Brasil. Si no poseyera ese dato, podría creerme que no era una actriz profesional, sino alguien que ha pasado su vida trabajando de criada. Su naturalidad y la autenticidad que desprende son extraordinarias. Es una buena, comprensiva, crítica, luminosa y turbia película. Ojalá que les vaya bien a esta sufrida y desarmante mujer y a su díscola y digna hija.

Artículo de Carlos Boyero en El país, 26 de junio de 2015.

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