co TREN DE SOMBRAS

TREN DE SOMBRAS

Invitado especial: José Luis Guerín, director

Tren de sombras ha sido considerada una obra maestra por gran parte de la crítica (incluida la extranjera, durante el pasado Festival de Cannes). En la mezcla de realidades y ficciones, de certezas y misterios, se aposenta un discurso hermoso y apasionado sobre el cine. José Luis Guerín recupera el tiempo perdido del cinematógrafo, reencuentra y aísla la pureza de un arte otrora sin contaminar para ejercer de fabulador de las imágenes en estado puro, resolver sus misterios, invocar sus fantasmas, embellecer el grado de ilusionismo y poesía que los años, las modas, el peso de la industria y la influencia sobre el espectador han conseguido desposeer. Lo verdadero es inimitable y lo falso intransformable, escribía Robert Bresson, uno de los cineastas de cabecera de Guerín. En Innisfree, Guerín reinventaba un espacio, una idea, un recuerdo y, sobre todo, un sentimiento, Algo de eso hay también en Tren de sombras, pero, además, la sombra que se alarga sobre el relato no es más que la propia proyección intangible del sueño cinematográfico, la descomposición de un momento fílmico en múltiples fragmentos de realidad transformada, hasta lograr que una misma imagen pueda ofrecernos historias distintas.
José Luis Guerín se toma el tiempo necesario para realizar cada uno de sus largometrajes; tres ha dirigido desde su debut en 1984. Encuentra los productores que se lo permiten y esa actitud conforma, de entrada, un estilo prolongado desde los escenarios del rodaje hasta la paciente tarea en la mesa de montaje. Hoy por hoy, pocos cineastas están en semejante situación. Ese cuidado y dedicación se notan, especialmente, en Tren de sombras, película que parte de un viejo film familiar que debió rodarse para luego manipularse. Guerín juega con las imágenes y crea nuevas sensaciones en escenarios vacíos anteriormente transitados, en una línea experimentadora.
Tren de sombras fabrica una realidad posible, la del abogado parisino que, a mediados de 1930, en plena instauración del cine con sonido, rodó en su mansión de Château Le Thuit una película familiar que ha sucumbido a las magulladuras del tiempo. Tres meses después de ese ejercicio de inocencia cinematográfica, de reivindicación del paraíso perdido que toda la película lleva consigo, el abogado Fleury salió con su cámara para buscar la luz natural que buscaba para completar un film de paisajes. Falleció entonces en circunstancias que, se nos dice, nunca han sido aclaradas.
José Luis muestra esa película familiar, minuciosamente envejecida para ser luego restituida, y viaja hasta la casa de Fleury como lo hizo hasta los parajes ensoñadores de Innisfree. Estancias sin vida, quietud, fotos, objetos inmóviles. Allí, de nuevo, la luz. Guerín la busca con el mismo ahínco con que la persiguió el abogado antes de morir. Un rayo luminoso penetra en la casa a través de la cortina y se proyecta sobre el péndulo dorado de un reloj de pared, cuyo movimiento refleja ese destello cálido de luz solar en la fotografía de Fleury. Ese detalle reconforta al creador y le ofrece una nueva mirada sobre el decorado y las personas que en un pasado lo habitaron. La mansión de Fleury se convierte en una caverna platónica. Y a partir de aquí, un proceso de reconstrucción de lo que pudo pasar en Le Thuit en 1930, de las historias escondidas que flotaban entre los personajes mientras Fleury rodaba su película familiar y agradable, recuerdo de un verano luminoso.

José Luis Guerín manipula su propia ficción para descubrir, en el reencuadre, en la aceleración, en la ampliación y fijación detallada sobre un aspecto aparentemente intrascendente del plano, lo que unió a algunos habitantes de la mansión y que el cine ha dejado detenido en el tiempo como un espectro que ahora vuelve sobre sus pasos. Tren de sombras se subtitula Le spectre de Thuit. Cito dos de las referencias que Guerín maneja en los textos de presentación de su film. En una, el cine embalsama al tiempo, en sabias palabras de Bazin. En la otra, el cine no es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silencioso, pero también éste es un tren de las sombras, en primeriza definición de Gorki, cuando el cinematógrafo comenzaba a andar.
José Luis Guerín recuerda al Antonioni de Blow Up, que convertía al fotógrafo David Hemmings en el cazador de una imagen furtiva: escondidas en lo más profundo de las fotos tomadas inocentemente en un parque londinense, se hallaban las huellas de un crimen. La inocencia es distinta en Tren de sombras, donde a través de esa búsqueda obsesiva en los contornos de cada plano del film familiar, hasta descubrir algo que pasó desapercibido incluso para el hombre que lo rodaba, no tan solo se advierte una historia de amor callada y sentida, sino que se redescubre la fascinación de la imagen cinematográfica en su estado más libre y sincero.

(Texto de Quim Casas, Dirigido nº 265)

07/04/1998 · TREN DE SOMBRAS · España · 1997 · 81 min · Dir José Luis Guerín · G José Luis Guerín · Fot Tomás Pladevall · Prd Grup Cinema Art /Films 59 · Int Juliette Gaultier (Hortense Fleury) · Yvon Orvain (tío Etienne) · Anne Céline Auché (la criada) · Céline Laurent · Simone Mercier · Carlos Romagosa · Premio de la Crítica, Sitges 97 · Méliès de Plata, Sitges, 97